PARA PENSAR: DOS CAMINOS DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL DIFERENTES Y DOS RESULTADOS DIFERENTES





PARA PENSAR: DOS CAMINOS DE CRECIMIENTO ESPIRITUAL DIFERENTES Y DOS RESULTADOS DIFERENTES











 Comparamos una obra humana que, por mas bien intencionada que sea, siempre es limitada e imperfecta (Dios encuentra defectos hasta en sus Ángeles dice el Santo de Job), y una obra Divina que siempre es ilimitada y perfecta.

 Esta comparación, en términos bíblicos, nos lleva a decir que hay entre ambas clases de obras, la misma distancia que entre oriente y occidente o entre la tierra y el cielo.


A) Considerar las dos espiritualidades:


1.- San José: Representa la espiritualidad humana, aquella espiritualidad que surge del esfuerzo propio que Dios acompaña, aprueba y bendice.

2.- María Virgen: Representa la espiritualidad Divina, aquella espiritualidad que Dios hace y que el alma fiel acompaña, acepta y en la que colabora siguiendo-obedeciendo al Señor.


B) Considerar el efecto-resultado-fruto:


1.- Jesús, El Señor, es hijo adoptivo de San José, en él no se encarnó, no se gestó ni de él nació, él solo lo adoptó.

2.- Jesús, El Señor, es verdaderamente Hijo de María Virgen, en Ella se Encarnó, en Ella se gestó y de Ella nació.


C) Considerar las dos espiritualidades a las que podemos acceder:


1.- Si nos esforzamos en ser santos por cuenta propia, Dios puede aprobar, acompañar y bendecir nuestro esfuerzo-sacrificio diario, entonces, podemos llegar a ser como San José, es decir, tendremos a Jesús, El Señor, como de prestado, nuestra vida espiritual llegará a cierto límite, seremos hijos adoptivos de Dios.

2.- Si aceptamos la obra de Dios en nuestra vida, diciendo como María Virgen “FIAT” (=Que Se Haga) a la Voluntad Divina, Él va estableciendo su Vida-Presencia-Reinado y es así que nos da-dota-dona una espiritualidad Divina, que es aquella espiritualidad que Dios hace y en la que el alma fiel acompaña, acepta y en la que colabora siguiendo-obedeciendo al Señor. El efecto es que tenemos a Jesús, El Señor, como posesión, por derecho propio, hallamos gracia delante de Dios altísimo y llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, a imagen y semejanza de su Hijo, porque acá es donde Él Vive en nosotros tal y como lo dijo San Pablo, “Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo El Que Vive en mí”.



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